Mamá las preparaba mientras nos alistábamos antes de salir a la esquina a esperar el camión que tomábamos para llegar al Colegio y al faltar ella, la bisabuela Valito o Papá después, tomaron su lugar.

La torta compuesta iba desde la sencilla de frijoles con chorizo, de huevo revuelto a la muy elaborada con jamón y queso: todo dependía del tiempo que se tenía para prepararlas, pero sobre todo me imagino, de la previsión diaria para la compra de los avíos.

Las reglas de la infancia en los sesentas del siglo pasado eran sencillas: tus obligaciones incluían estudiar, hacer tareas y atender las enseñanzas de las maestras; tu equipo básico era simple pero muy pesado: una mochila de carnaza con tirantes, para llevarla a los hombros, llena de cuadernos y libros, que cambiabas cada tarde, de acuerdo con las materias que tocaban al día siguiente.

El problema era que la torta, por tanto hurgar por libros, cuadernos y por el estuche de cuero lleno de lápices, gomas y pluma fuente, siempre resbalaba al fondo de la atiborrada mochila.

Durante los primeros años de la primaria, además llevaba conmigo un enorme tintero de vidrio con tapa roscada de metal, que no pocas veces causaba accidentes desastrosos dentro de la mochila.

Sea cual fuere la aventura que a diario experimentaba mi torta dentro de la mochila, no pocas veces apachurrada por el peso de los libros o mojada con tinta azul, a la hora del recreo grande era la heroína máxima de mis ansias: descubrir cual sería el relleno, si le habían puesto alguna rajita de cuaresmeño picosito, si había recibido alguna embarradita de mostaza…porque papá odiaba la mayonesa, así que jamás figuró en la despensa de la casa. Y, sin embargo, mi favorita era la más sencilla: la de mantequilla de rancho espolvoreada con azúcar.

Recuerdo perfectamente que los primeros años extrañaba porqué mis papás nos enviaban a la escuela sin dinero, vaya sin un quinto adicional a lo estrictamente necesario, y que podría habernos dado la libertad de comprarnos en la tiendita del Colegio alguna golosina o una Chaparrita del Naranjo, que tanto nos gustaba.

Tampoco a la salida, cuando abrían las puertas del Colegio y corríamos a tomar el camión de regreso a casa, y donde esta carrera estaba plagada de obstáculos en forma de carritos con paletas heladas y campanitas tintineantes, puestos de papas fritas con picosísimas salsas muy coloradas y toda clase de vendimia propia para los chamacos: yoyos, resorteras, pirinolas, matatenas y demás juguetes infantiles.

¿Y si tengo sed en el recreo, mamá? preguntábamos poniendo cara de intenso sufrimiento ‘Tomas agua de los bebederos, que es agua potable’ contestaba inmutable. ‘La torta compuesta que preparamos en casa, está hecha con lo que tenemos cada día; aquí las preparo para ustedes con cariño’.

Tuvieron que pasar casi cincuenta años, para que reconociera que Mamá evitó que me gustara comer fuera de horario, que aborreciera los refrescos embotellados y que evitara comer antojitos en las calles.

Esto último, sobre todo en las Ferias Populares, no lo cumplo a cabalidad… ¡Charlemos más de Gastronomía Poblana y ‘’a darle, que es Mole de Olla’’! #tipdeldia: Las Tortas compuestas contienen una buena provisión de nutrientes sanos para satisfacer el antojo de los chamacos en las escuelas; evitemos que se aficionen a los llamados alimentos chatarra.

Es muy común encontrar en las tienditas de barrio las ricas Tortas de Agua, para llevarlas a casa y ponerle el relleno al alcance, antes de despacharlos a la escuela.