Al fin terminó el exilio.

Por suerte para algunos, la vorágine de éstas fechas cargadas de campanitas, luces, intercambios de postales, gestos amables y el obligado derroche de amor y paz, se terminó.

Se reportan sobrevivientes.  Algunos villanos verdes volvemos a sentir alivio. Y es que no hay fiestas más controvertidas que las que advierte diciembre.

Toca sacar el “santa” de nuestro closet, practicar el jo, jo, jo para no desentonar de alegres y que no se note que tu santa pasó de blanco al verde.

¿Se acuerdan del grinch? Insisto, el villano y disfuncional no era él.

A la mesa de esos últimos días del año, concurren férreos defensores de una postal pal face y también esos parientes “raros” que se resisten a perpetrar esa pantalla.

Ya saben, les llaman los negativos, rebeldes, resentidos. La familia los tilda de todo menos de sinceros y congruentes. Es que eso no es muy tradicional, digamos. El caso es que los incluye para que la panorámica grite mucho más sobre la fraternidad y el crecimiento la dinastía.

Es curioso, ambos bandos, sentados en la mesa, celebran esos dos días del año un acercamiento autobiográfico, antropológico, comunicativo, enogastronómico, cómico, alcohólico y hasta musical.

Un derroche de discrepancias y desaveniencias, convertidas en un calientito ponche analgésico y frutal.

Qué ironía, doce uvas, doce minutos, doce campanas, que se resumen en un chasquido reconciliador los doce meses que precedieron en un despilfarro de juicios, afrentas, indiferencia, exclusión, rechazo, discriminación y hasta violencia familiar durante todo un año.

Es como una dotación de días para ser amables y justificar los otros 300 y tantos que durante el año “fluiste”, como dicen hoy en día los famosos “couches”, como un brillante ser miserable.

Es la época del año en la que el borrón y la cuenta nueva permiten algo así como los despertares.  Sí, o te despierta la consciencia o se renuevan membresías en el club de los peores seres humanos.

Estos días condensan todos los detalles necesarios y superfluos para “aguantar” todo lo que nos ha pesado.

En éstas fechas se perdonan los pecados y es cuando la caridad, y no la justicia, exime de responsabilidades a tantos en esas fotos. Neta, hasta se postergan los divorcios, primero la foto y después la firma y a discreción porfa.

Se aplican filtros, están de moda. Se disimulan las arrugas, pero también las imperfecciones, las rupturas, la corrupción, el abuso, la división, la misoginia, la intolerancia, el machismo, homofobia, los juicios, la indiferencia, el egoísmo, la crítica destructiva, la humillación, la injusticia, los engaños, la infidelidad, la violencia física, psicológica, el alcoholismo, la tiranía … ay¡ wi wishur a mery crismas!

Es en este tiempo se evalúa nuestra capacidad amatoria. Momento de gastar mucho y probar que amas a la familia. Algo así como comprarle el iphone al niño para expiar el resto de los rezagos, los suyos y de paso los tuyos.

La tiranía es comadre de la opulencia. No hay una si no hay la otra.

El término de la era arroja nuevos seres bondadosos junto con la obligación de mostrarnos felices y a partir del 2 de enero reinicia el kilometraje de las disculpas.

Es que con una disculpita mucha gente lo arregla todo. Y lo repite también.

Si bien la intensión no estorba, lo cierto es que nos han vendido un producto de paz como la temporalidad de los juguetes.

Imagine lo que dicen en esas mesas esos santos hijos del patriarcado de los hombres que embarazan a sus mujeres y las casi matan a golpes para abortar porque no quieren compromisos. Eso sí, en público, esos espíritus de amor se dan tres golpes de pecho y juran estar a favor de la vida.

¿Qué opinarán éstos “ejemplares de las buenas costumbres” a cerca del tío que toqueteo a la sobrina? ¿Y del primo, sus amantes y sus hijos no reconocidos?

A la selfie también van mujeres que solapan ese abuso cuando se ejerce en otra que no es ella.

Se sienta el pariente que pudo celebrar su despedida de soltero entre trabajadoras sexuales y su “prometida” que no pudo hacer lo mismo porque según el libro de la buena esposa, eso sería de pirujas.

Son fechas en las que la foto esconde a no sé cuántos padres alcoholizados enseñando a su niño a ser el futuro macho mientras las madres sumisas y bien portadas lavan platos y lloran en la cocina las groserías de esos en la fiesta.

Muchas familias se sustentan en mujeres que actúan como pegamento en reuniones donde los comensales hasta se desprecian. Campanitas, les decía mi abuelo.

Ellas hacen que las navidades se celebren aún cuando no te reconozcas en ninguno de tus hermanos.

Seguramente ese día hubo más de una que pasó días crudos luego de que la violencia o una separación necesaria le arrebató las risas, el júbilo, el ejercicio de su maternidad, le arrebató ese vínculo de amor, le arrebató la foto.

De otro lado, un responsable impune, seguramente un primo, un tío, el hijo, el hermano en alguna de esas familias que hasta se aplauden entre sí, fue quien se los llevó de casa, desintegró una familia con su violencia y vaga ileso luciendo la mejor estampa para esos niños que crecen sin sospechar que el ladrón es quien los toma de la mano.

Es el primo del amigo que para la foto estrena novia. Un pariente “reivindicado” pero que violenta a su ex pareja y madre de sus hijos, la llama loca. Y es que la postal del padre “soltero y ejemplar” sigue vendiendo.

Y entonces, ¿qué era lo que celebrábamos?