En éste mes patrio que ya va terminando, se exalta la cultura mexicana con todas sus tradiciones, colores, héroes e historia y si bien es cierto que contamos con un país muy rico en todos los sentidos, hoy hablaremos de una herencia cultural muy característica que es la dificultad para poner límites. ¿A qué me refiero? Si bien es cierto, que los mexicanos somos conocidos en todo el mundo como personas abiertas, cálidas y hospitalarias, es bien sabida también la dificultad que tenemos para poner límites claros.

Lo anterior, es muy visible a través de las expresiones que hacen alusión al tiempo, por ejemplo: “ahorita” sin definir un lapso determinado, así como las expresiones “me voy despidiendo” o la “última y nos vamos” que denotan una acción que se está realizando pero no queda claro en qué momento concluye. Sean cuales sean las situaciones, nos cuesta mucho trabajo poner límites y más si se trata del breve pero claro “no”, que se asume como algo malo e incluso agresivo, que se evitará a toda costa y se sustituirá por expresiones como “nos ponemos de acuerdo” o “luego te digo” que aunque ambas partes sabemos que significa “no”, preferimos matizarlo o poner pretextos, antes de decirlo claramente.

El por qué actuamos de esa manera y creamos esos códigos indirectos para decir “no” ha sido motivo de diversos estudios e investigaciones y a decir del reconocido antropólogo y sociólogo Roger Bartra se debe al pasado colonial de nuestro país, que situó a los indígenas en la posición de siervos que debían decir siempre “sí” y muestra de ése pasado, es la forma tan peculiar con la que respondemos cuando nos llaman, diciendo “mande”. Aunque ésa época se antoja muy lejana de nuestro México actual, sigue presente a través de nuestro inconsciente colectivo.

¿Para qué sirven los límites?

Para resguardar nuestro bienestar, como si se tratara de paredes firmes que lo protegen y que nos brindan certeza. Se trata de señalar hasta dónde está permitida una acción y la consecuencia que puede acarrear el no respetarla.

¿Cómo deben ser los límites?

*Deben estar basados en nuestro bienestar, recordando que todos merecemos ser tratados con respeto y que cualquier acción que nos haga sentir incomodad, amerita poner un alto. *Deben por tanto, ser claros para que los demás entiendan qué comportamientos nos causan malestar.

*Deben ser firmes, por lo que deben descansar en argumentos sólidos.

*Deben ser colocados desde la tranquilidad, no cuando acumulamos tanto enojo, que se establecen de formas agresivas.

¿Cómo podemos empezar a poner límites más claros? Estando más conscientes de nuestro propio bienestar, sin temer las reacciones ajenas que no son nuestra responsabilidad. Si bien es cierto que poner límites puede resultar complicado al inicio, debemos recordar que no lo hacemos por dañar a nadie, sino para resguardar nuestro bienestar, que no debe confundirse con egoísmo. El egoísmo tiene como consecuencia malestar para ambas partes, pero el amor propio a través de los límites sanos, trae confianza y seguridad en las relaciones, pues no nos sentiremos obligados a hacer algo que no queremos sólo por el temor a que se enojen con nosotros y abriremos la puerta para que las otras personas también puedan decir “no” cuando sientan que se atenta contra su bienestar.

Recordemos que los límites claros son la base de las relaciones sanas y que no se trata de no ayudar o no preocuparnos por los demás, sino de hacerlo sin afectar nuestro bienestar y sin pagar un costo emocional. Se trata de brindar aquello que tengo, porque elijo hacerlo y no porque me siento obligado para evitar que la otra persona se enoje o cambie su opinión de mí.

Dejemos de ser como la negrita de mis pesares, hojas de papel volando, que a a todos dice que sí pero no les dice cuándo y mejor digamos que no, para que no vivan penando.

Espero que lo anterior les haya sido de interés y utilidad, recuerden que esperamos sus comentarios a través de nuestras redes sociales.

¡Hasta pronto! Nos leeremos nuevamente desde el diván.