En el último terció del gobierno de Rafael Moreno Valle, resurgió la inquietud de querer demostrar que no había un desdén hacia el tema de la cultura, luego de que al arranque del sexenio desapareció la secretaría del ramo. Por esa razón el entonces mandatario dio la orden de hacer una sola actividad cuya repercusión fuera del ámbito nacional.

Con ese propósito, el ahora desaparecido Consejo Estatal de Arte y Cultura le propuso a Toledo realizar una magna exposición de su obra en el Museo Taller Erasto Cortés, en la 7 Oriente, dentro de los edificios del llamado Complejo Palafoxiano.

A Toledo la idea no solo le convenció, sino que lo emocionó, pues hace 20 años él había sido –junto con Jaime Erasto Cortés, hijo del artista poblano Erasto Cortés Juárez– el creador de ese museo taller, a tal grado que como patrono de ese recinto se encargó de reunir un acervo de más de 500 litografías de autores poblanos, además de que donó 114 de sus obras personales.

Toledo creyó que efectivamente se preparaba una magna exposición de su obra, por lo cual entregó al gobierno del estado una colección representativa y numerosa de sus obras, valuadas en varios millones de dólares.

¿Por qué confió en el dicho de la alta burocracia morenovallista? Porque en el año 2010 en Puebla se había montado la exposición Toledo 70, con la que se había festejado los 70 años de vida del pintor y fue una muestra que tuvo la atención de la prensa cultural de México y España. Creyó que habría una reedición de ese evento.

El asunto es que pasaron las semanas y los meses, sin que nunca avanzara el proyecto de la exposición, hasta que un día Toledo se cansó de las excusas de cambios de fechas o de limitaciones presupuestales que no podían concretar la realización de dicha muestra. Tal situación lo llevó a pedir que le regresaran sus obras, que ya había comprometido para otros propósitos.

Luego de una larga exigencia, finalmente a Toledo le regresaron el mismo número de piezas que originalmente había enviado a Puebla desde su estudio en Oaxaca. Las sorpresas y los disgustos para el artista juchiteco no terminaron, pues semanas después de haber recibido el cargamento de obras de arte se dio cuenta que se trataban de copias de los grabados, pinturas y dibujos. Eran reproducciones que las habían presentado como originales.

Ese agravio lo llevó a advertir que habría una demanda penal por robo de sus obras, además de que haría una denuncia pública en la prensa nacional. Exigía el pronto regreso de sus creaciones.

Dicha amenaza tuvo una reacción inmediata, ya que se dice que un grupo de enviados del morenovallismo se pusieron en contacto con los representantes del pintor y en lugar de regresar los cuadros, lo que hicieron es que abrieron las chequeras y pagaron las obras al valor solicitado por el artista.

Esa respuesta frenó lo que amenazaba ser un gigantesco escándalo de robo de arte.