¿Qué significa que el tráfico de cocaína se ha “uberizado”? ¿Que hay apps para comprar droga? ¿Que los traficantes están dados de alta como autónomos a pesar de trabajar como empleados? El término puede llamar la atención, pero estaba incluido en el último informe anual del Observatorio Europeo sobre Drogas, presentado este jueves en Bruselas. Este documento alertaba precisamente de la "uberización" del tráfico de cocaína.

Según el informe, están cambiando los modos de distribución de la cocaína, haciendo que sea cada vez más similar a pedir un vehículo a través de Uber:

“La jerarquía de grandes capos convive con unas estructuras cada vez más horizontales y fragmentadas en las que mandan la agilidad del teléfono móvil, las redes sociales, los servicios de mensajería instantánea tipo WhatsApp o Telegram, los pedidos a través de las páginas ocultas de Internet, y los pagos en criptomonedas”, además de “opciones de entrega rápida y flexible”.

Una palabra parecida a wasapear

El de la cocaína no es el único sector uberizado: se ha usado el término en prensa económica para hablar de cambios en la sanidad, la banca, el derecho y en restauración, por poner algunos ejemplos.

Uberizar y sus derivados aún no están en el diccionario de la RAE, pero la Fundéu considera que se trata de un término válido. La fundación, que trabaja asesorada por la Real Academia Española para promover un buen uso del español en los medios de comunicación, define la uberización como una actividad económica basada en plataformas colaborativas que permiten poner bienes y servicios “a disposición de otros particulares, sin necesidad de intermediarios”.

La creación de neologismos a partir de marcas no es tan extraña: "Se trata de un proceso similar al experimentado en marcas registradas como WhatsApp, que ha dado lugar a wasapear", explica Fundéu en su web. De hecho, "uberización" fue una de sus candidatas a palabra del año en 2017, año en que ganó el término "aporofobia" (la aversión a los pobres y a la pobreza). El término se ha popularizado en España a pesar de que la empresa no lo haya hecho tanto, debido en gran parte a los límites en licencias y operaciones impuestos en algunas ciudades.

Algunos diccionarios en otros idiomas sí recogen el término: el de Cambridge define uberization como “el acto o proceso de cambiar el mercado para un servicio mediante la introducción de una nueva forma de comprarlo o usarlo, especialmente mediante el uso de tecnología móvil”. La palabra también está en el Collins, con una definición parecida, y en francés, por poner otro ejemplo, la recogían ya en 2017 el diccionario Le Robert y Le Petit Larousse.

El término está presente en medios estadounidenses desde al menos 2014: un artículo de Forbes de octubre de ese año ya hablaba de la nueva popularidad de una palabra que “está llevando a los inversores de capital riesgo y a los expertos a buscar el nuevo gran negocio para crear disrupción al estilo de Uber”.

Aunque Uber no es la única empresa con un modelo similar, el de la llamada “economía colaborativa”, sí es una de las que más éxito ha tenido, por lo que muchas otras apps han querido ser los Uber de sus sectores.

Los usos negativos del término

Las definiciones de Fundéu y el diccionario de Cambridge quieren ser neutras, pero el uso de la palabra a menudo tiene también connotaciones negativas y no solo por parte de empresarios que ven cómo peligra su modelo de negocio. Aunque el informe del Observatorio Europeo sobre Drogas no entra (comprensiblemente) en la cuestión de las relaciones laborales, hay que recordar que la uberización también hace referencia al empeoramiento de las condiciones laborales.

Cuando un sector se uberiza, puede haber también una posible situación de abuso para los derechos de los trabajadores, como recordaba este artículo publicado en Retina: la plataforma quiere mantenerlos como prestadores de servicios a pesar de que en algunos casos se ha determinado que deberían ser autónomos. Por ejemplo, el año pasado la Inspección de Trabajo obligó a Deliveroo, empresa con un modelo de negocio similar a Uber, a contratar como asalariados a más de 500 repartidores. El caso ha llegado a los tribunales.

Lo advertía en 2015 The New York Times en uno de los primeros artículos en usar el término: la uberización de un trabajo puede tener sus beneficios (sobre todo, la flexibilidad), pero también puede hacer que el trabajo sea menos seguro y los ingresos, más inestables. Como apuntaba Douglas Rushkoff, profesor en la Universidad de Nueva York, en su libro Throwing Rocks At The Google Bus, la llamada economía colaborativa no crea nuevos trabajos (ya había taxistas antes de Uber), sino que precariza los existentes valiéndose de vacíos legales.