Mientras los arqueólogos bucean a unos 14 metros de la superficie, Adrián y Manuel bromean a proa, amagando con saltar de la lancha y darse un baño y así combatir el calor terrible del Golfo de México. Adrián y Manuel Franco, 25 y 30 años, son primos y pescadores de huachinango (o pargo rojo, un pez que abunda en el golfo de México), aunque en los últimos dos veranos han hecho equipo con un grupo de arqueólogos para buscar los barcos hundidos de Hernán Cortés. Los dos viven en la playa con sus familias, en un predio desordenado sobre la arena, donde se mezclan cuartos de madera y de obra, un comal para las tortillas, plantas, una mesa de plástico y una palapa para los turistas.

Adrián y Manuel dicen que todos allí en Villa Rica saben lo de los barcos. "Desde hace muchos años", dice el segundo, "aparecen tablas de madera en la orilla". Sin darle demasiada importancia, el pescador cuenta que hace unos meses otro lanchero sacó un ancla de la bahía y la vendió en Xalapa. ¿Un ancla antigua? "Un ancla antigua", añade y una sonrisa picarona se le escapa de entre los labios. Una travesura.

Los primos saltan al agua, nadan, se alejan unos metros de la embarcación. Desde allí, a 800 metros de la orilla, la costa luce hermosa, verde y marrón, a veces de un tono granate parecido al de la sangre seca. Es casi mediodía. Una brisa suave remolonea sobre la bahía atemperando momentáneamente la sensación de bochorno. Alejados los dos primos, un silencio de sal y algas se apodera de la barca. Apenas se escucha un ruido blando y constante, el flujo de burbujas que llega del fondo de mar. Son los arqueólogos.

Por turnos, los investigadores bajan, buscan y excavan. Por segundo año consecutivo un equipo multidisciplinar rastrea el piso de la bahía en busca de pistas de los barcos de Cortés, hundidos frente a la playa hace ahora cinco siglos. El año pasado dieron con un ancla gracias al peinado que hicieron con los magnetómetros. Ayudados de una enorme aspiradora subacuática, los arqueólogos excavaron más de un metro de arena y fango hasta llegar al ancla. Cuando por fin la liberaron y pudieron verla entera, no dudaron. Aquel viejo aparejo oxidado, aquel trozo de metal perdido bajo toneladas de sedimento, había pertenecido a un barco del siglo XVI.


Así lo escribió Bernal Díaz del Castillo, soldado de Cortés, autor de una de las historias más completas del periplo del comandante y los suyos por Mesoamérica: "Estando en Cempoala, platicando con Cortés, le aconsejamos los que éramos sus amigos que no dejase navío alguno en el puerto, sino que luego diese al través con todos".

Cortés hundió sus barcos en Villa Rica pero, ¿por qué? Díaz del Castillo apunta dos motivos. Uno, para que sus hombres no tuvieran la opción de volver a Cuba, de donde había partido la expedición. Entonces, Cuba era el centro del Nuevo Mundo y la intención de Cortés era mudar el centro, fijarlo en lo que hoy es México. Dos, para sumar "maestres, pilotos y marineros" a su exiguo Ejército. Escribió Díaz del Castillo: "¿de qué condición somos los españoles para no ir adelante y estarnos en partes que no tengamos provecho y guerra?".

La expedición de Cortés había partido de la isla meses antes: 11 barcos, entre 600 y 700 hombres, 16 caballos -11 sementales y cinco yeguas-, 14 cañones, 13 escopetas y 30 ballestas. En poco tiempo trabaron amistad -sin duda una amistad interesada- con pueblos totonacas de la costa y la sierra. Cortés quería aliados antes de iniciar su camino a Tenochtitlan. A la vez, debía vestir de legalidad su empresa. El extremeño no tenía permiso de ir al interior. Las instrucciones del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, su antiguo aliado, eran las que habían sido para todos los exploradores hasta entonces: comerciar y batallar en caso necesario, pero no poblar. Desobedecer significaba la muerte, pero Cortés quería ir a la ciudad de México a toda costa

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